Había leído sobre la obra: teatro clásico, textos del Siglo de Oro, circo y música. Pero nunca imaginé que todo pudiera estar tan bien hilado, tan finamente entramado, con una dirección y unas interpretaciones tan precisas.
Al comienzo no sabes por dónde te va a llevar, y precisamente ahí reside su magia: poco a poco la sorpresa crece, la fiesta se contagia y empieza a latir tanto en el escenario como en el patio de butacas. Basta una mínima invitación para que el público participe y pase de espectador/a a protagonista. En Farra nada es casual; todo está medido, cuidado y puesto al servicio de una historia que lo mismo te hace reír, que llorar o vibrar de alegría.
Farra es un canto a la acción de la vida, a esa sensación tan hermosa que aparece cuando ponemos el foco en lo bonito, en lo emocionante, en aquello que merece ser celebrado cada día. Desde la risa y la locura, la obra también permite señalar las heridas del mundo. Casi al final, tras un impactante número de esgrima, llega un delicado homenaje a quienes sufren los estragos de la guerra, acompañado de un claro y necesario mensaje de paz dirigido a los responsables de tanto dolor.
El espectáculo culminó por todo lo alto, fiel a su espíritu festivo y comunitario: el público es invitado a subir al escenario para compartir sus propios logros, mientras el elenco canta un estribillo que aún resuena en mi cabeza:
“Por eso he venido a FARRA, porque quiero celebrar”.
Y sales del teatro con la certeza de haber participado en algo más que una función: una celebración colectiva, una sacudida de conciencia y un encuentro profundamente humano.
Uno de los elementos que más destacan en la obra son las canciones. Gracias a la dirección y composición musical de Raquel Molano, Farra se convierte en un auténtico festín sonoro. Cada tema está al servicio de la escena y despierta emociones que te atraviesan.
María Pozo Távora
Teatro Alameda, Sevilla
17 diciembre 2025
