La propuesta de Atalaya para El Ávaro de Molière, bajo la dirección inconfundible de Ricardo Iniesta, es un ejercicio brillante de síntesis estética, riesgo interpretativo y reinvención del clásico. Lejos de apostar por una escenografía exuberante, el montaje sorprende por su uso radicalmente minimalista de un único gran elemento escenográfico: las puertas. Estas puertas (que se reconfiguran una y otra vez ante nuestros ojos) generan un flujo constante de espacios posibles: pasillos, habitaciones, callejones, pasadizos y límites simbólicos que cambian sin cesar. Este recurso, tan simple como poderoso, se convierte en el motor visual de la puesta en escena, evocando un palacio derruido y moralmente corrompido, arruinado por su propio dueño, tal como la obra sugiere.
Carmen Gallardo: un Harpagón para recordar
Dentro del elenco sobresale la imponente Carmen Gallardo, que asume el personaje de Harpagón con una entrega magnética. Gallardo fusiona con maestría la atmósfera oscura, decadente y agrietada de ese palacio en ruinas con un sentido del humor feroz que hace que la carcajada del público sea constante cada vez que abre o cierra la boca. Su interpretación es un giro sorprendente dentro de su propia trayectoria: un personaje muy distinto a los que nos tiene acostumbrados, y sin embargo, perfectamente alineado con esa apuesta que Iniesta y Atalaya mantienen desde hace años, confiando en ella para reinterpretar grandes papeles masculinos de la historia del teatro universal. En El Ávaro, Gallardo reafirma por qué es una de las grandes presencias escénicas del teatro contemporáneo.
El coro y la musicalidad: señas de identidad de Atalaya
El montaje recupera uno de los elementos más característicos de Atalaya: el uso del coro, en esta propuesta musical que articula ritmos, atmósferas y tensiones. Lejos de funcionar como simple acompañamiento, el coro es un elemento vivo que respira, observa, ataca y moldea cada escena.
A ello se suma el impecable trabajo musical en directo, especialmente gracias al acordeón de Lidia Mauduit, que porta el instrumento con una expresividad que amplifica todo a su paso. La música aparece como un latido continuo, una especie de comentario emocional que acompaña a los personajes sin interrumpir su acción.
Otro aspecto sobresaliente del montaje es el trabajo musical liderado por Luis Navarro, responsable de la dirección y los arreglos que sostienen la atmósfera vibrante y oscura del espectáculo. Su propuesta sonora combina ritmos orgánicos, armonías tensas y una musicalidad casi ritual que amplifica la comicidad y el dramatismo de la obra. En esta creación musical colaboran de manera esencial Marga Reyes y Lidia Mauduit, cuyos coros (precisos, poderosos y profundamente expresivos) funcionan como un tejido emocional que envuelve cada escena. Gracias a este trío creativo, la música no es un mero acompañamiento, sino un elemento narrativo que marca ritmos internos, define tensiones y eleva la puesta en escena a un territorio sensorial reconocible dentro del universo de Atalaya.
Actualización y guiños a la realidad española
En un gesto de contemporaneidad, el montaje introduce nombres vinculados a la historia de la monarquía española y de la política actual, pequeños guiños que nunca rompen la esencia de Molière pero sí permiten crear un puente entre el espectador de hoy y la crítica social original. Son detalles sutiles, inteligentes, que acercan al público a un texto que sigue siendo ferozmente vigente.
El cuerpo como territorio expresivo
Como es habitual en la compañía, el trabajo corporal del elenco es sobresaliente. Atalaya continúa demostrando que su teatro parte del cuerpo: transformaciones constantes, tensiones físicas, variaciones de energía y presencia que hacen imposible apartar la mirada del escenario. En esta línea, destacan especialmente los trabajos de Pedro Callealta, Enmanuel García y Laura Kriváková, quienes sostienen con precisión quirúrgica el ritmo y la fisicidad de la obra.
El universo de los enredos
La puesta en escena nos transporta sin esfuerzo a la casa familiar y a sus alrededores, donde se desencadenan los enredos amorosos y financieros que sostienen la trama. La comedia se mantiene viva en el gesto, en la voz y en el movimiento, generando un espectáculo hilarante en el que el caos parece siempre a punto de estallar.
Mención especial merece también Raúl Vera, cuya versatilidad es uno de los grandes motores humorísticos del montaje. Su constante cambio entre cochero, cocinero y otros personajes secundarios no solo demuestra un dominio admirable del cuerpo y la voz, sino que su repertorio de muecas, ritmos y transiciones contribuye decisivamente al dinamismo cómico del espectáculo. Su trabajo es una lección de precisión y elasticidad interpretativa.
En esta línea de interpretaciones memorables, destaca también María Sanz, cuya Leonor (una de las hijas de Harpagón) se construye desde una aparente quietud que es pura tensión interna. Sanz no necesita más que detener su cuerpo en poses casi imposibles, estáticas y cargadas de intención, para que sean sus ojos los que narren el torbellino emocional de su personaje: lo que siente, lo que calla, lo que teme y lo que desea. Su expresividad silenciosa sostiene algunas de las imágenes más potentes del montaje. Por otro lado, resulta imposible no mencionar a Silvia Garzón, deslumbrante en su interpretación de Cayetana, dueña de burdeles y auténtica maestra de ceremonias del espectáculo. Con su voz grave, su acento argentino irresistiblemente cómico y una presencia que domina el escenario, Garzón articula con brillantez el tránsito entre escenas y encarna la avidez por el dinero y los enredos matrimoniales que impulsan la trama. Su trabajo aporta una capa de humor, picardía y ritmo que eleva aún más la propuesta de Atalaya.
El vestuario diseñado por Carmen y Flores de Giles merece también un reconocimiento especial: una propuesta visual impactante que combina decadencia, exceso y teatralidad con una precisión casi pictórica. Cada prenda parece brotar del propio universo de la obra, reforzando la atmósfera lúgubre del palacio y al mismo tiempo subrayando el carácter grotesco y cómico de los personajes. Es un vestuario que no solo viste, sino que construye dramaturgia, aportando identidad, textura y fuerza a cada aparición en escena.
La versión de El Ávaro de Atalaya es una celebración del teatro físico, del riesgo y de la reinvención creativa. Con una estética rotunda basada en el mínimo escénico, unas interpretaciones electrizantes y una dirección que convierte el clásico en algo ferozmente contemporáneo, el montaje confirma una vez más por qué la compañía es un referente del teatro andaluz y nacional. Un espectáculo que arranca risas, reflexiones y una profunda admiración por el oficio teatral.
Asier Albertos
22 de Noviembre de 2025
Teatro TNT, Sevilla
