Salir del teatro después de “El caso Pasolini” es salir con preguntas que no se borran fácilmente. No es una obra que se contemple desde la distancia, sino una experiencia que te arrastra dentro de un relato lleno de sombras, documentos y silencios. Desde el primer instante, el escenario se transforma en un laboratorio de memoria, un archivo vivo donde los intérpretes interrogan documentos, recortes y testimonios para enfrentarse a una pregunta que sigue resonando medio siglo después: ¿quién escribe la verdad?
Con apenas tres mesas metálicas y un proyector, consiguen levantar un universo entero. El metal, frío y preciso, cambia ante nuestros ojos: es la camilla de la morgue donde yace Pasolini, la celda de interrogatorios, la frontera invisible de una persecución. La luz del proyector, a su vez, convierte el espacio en una pantalla de juicio, en una memoria que parpadea entre la realidad y el mito.
No hay exceso ni artificio. Todo está al servicio de una tensión que se sostiene en el vacío, en la palabra, en el cuerpo de los actores que buscan sin prometer respuestas. Como espectadora, sentí que estaba dentro de una investigación que nunca termina. Y en el cierre los intérpretes desplegaron la bandera de Palestina y dedicaron la función a los periodistas asesinados en Gaza por contar la verdad. En ese instante, Pasolini dejó de ser solo un nombre para ser todos los cuerpos silenciados.
«El caso Pasolini» no es solo teatro político: es un acto de resistencia poética. Una obra que demuestra que, con muy poco, se puede decir todo.
María Pozo Távora
Teatro TNT, Sevilla
7 de noviembre de 2026
