El 2 de octubre, Viento Sur Teatro acogió Mi tiempo no tiene memoria, de En la Luna Teatro, dentro de «Escena con Voz», el ciclo impulsado por ADA que propone el teatro como un espacio desde el que hablar, compartir y reflexionar sobre la violencia de género.
La obra parte de fragmentos de Otelo, Casa de muñecas, Un tranvía llamado Deseo y Rocco y sus hermanos para acercarnos a cuatro personajes y cuatro historias atravesadas, de distintas maneras, por la indiferencia, el abandono y el maltrato.
Cuatro personajes muy diferentes que van apareciendo sobre el escenario a través de cambios de voz, gestos, movimientos y formas de relacionarse. Los cambios de registro son claros y naturales, haciendo que cada personaje tenga su propia personalidad y se diferencie fácilmente del anterior.
Y hay una palabra que estuvo muy presente durante toda la representación: veracidad. La cercanía de Viento Sur tiene mucho que ver con ello. La poca distancia entre el público y el escenario permite observar cada gesto y escuchar cada respiración. En algunos de los momentos más intensos, se perciben incluso las palpitaciones del actor y la actriz. Una proximidad que hace que las situaciones que se están contando se sientan todavía más cercanas.
También sorprende lo poco que necesita Mi tiempo no tiene memoria para crear tanto. La escenografía es mínima, pero esos pocos elementos son suficientes para construir diferentes espacios y acompañar el paso de una historia a otra. El resto lo generan el actor y la actriz con sus cuerpos, sus voces y su manera de transformar el espacio.
En escena aparecen Desdémona, Nora, Blanche y Nadia, mujeres pertenecientes a historias y épocas diferentes que encuentran aquí un lugar común. Sus relatos hablan de distintas formas de violencia y permiten comprobar cómo determinadas situaciones, aunque procedan de obras escritas o creadas en otros momentos, siguen resultando demasiado reconocibles.
Por eso Mi tiempo no tiene memoria encuentra un lugar muy natural dentro de «Escena con Voz». ADA pone en marcha este ciclo para hablar precisamente de aquello que muchas veces cuesta nombrar: la violencia de género, pero también las desigualdades, los micromachismos y esas formas de violencia menos visibles que pueden terminar normalizándose.
Dos intérpretes, cuatro personajes y una puesta en escena minimalista son suficientes para conmover al público. A través de estas cuatro historias, la obra recupera voces que permanecieron silenciadas durante demasiado tiempo.