Hay muros que no necesitan ladrillos para seguir en pie. Basta con el silencio cómplice, el estigma y una sociedad que decide quién está dentro y quién debe quedarse fuera de estos muros. Órgia, de la compañía sevillana La Rara, dirigida por Rocío Hoces y Julia Moyano, parte de las historias de mujeres vinculadas al antiguo manicomio de Miraflores, en Sevilla, para construir una pieza que mira al pasado sin dejar de interpelar al presente. Un espectáculo que habla de salud mental, sí, pero también de género, de memoria de la mujer madura con dolor de niña y de todas las veces que a las mujeres se les ha negado la posibilidad de decidir sobre su propia vida.
La obra nace de un proceso de investigación artística y documental en torno a la salud mental desde una perspectiva feminista. Las directoras recuperan testimonios de mujeres que estuvieron internadas en Miraflores y de personas que trabajaron allí, combinando sus voces con las experiencias de cinco mujeres de más de cuarenta años que se enfrentan a sus propias contradicciones, a la ansiedad y a las exigencias de la vida contemporánea. La elección de este elenco no es un detalle menor: sus cuerpos y sus edades reivindican una presencia que el imaginario escénico y social no siempre concede a las mujeres. Mujeres que ya no necesitan representar la juventud, la docilidad o la belleza normativa para ocupar el centro de la escena y hacerse escuchar.
Uno de los grandes aciertos de Órgia es su capacidad para trasladar una historia aparentemente lejana a un terreno reconocible. El manicomio de Miraflores no funciona únicamente como un espacio del pasado, sino como el símbolo de una estructura que ha permitido encerrar, clasificar y silenciar a quienes se apartaban de la norma. Durante décadas, determinadas conductas femeninas fueron interpretadas bajo etiquetas como la histeria, la inestabilidad o la locura, en un contexto en el que las mujeres tenían escaso poder de decisión sobre sus propios cuerpos y destinos. La obra no necesita subrayar constantemente esta idea: su discurso es claro, directo y conciso, y encuentra su fuerza en la relación entre los testimonios recuperados y las vivencias de las intérpretes.
El antiguo psiquiátrico sevillano también fue escenario de experiencias colectivas que rompieron, aunque fuera temporalmente, con la lógica del aislamiento. Entre ellas destaca el festival Salta la Tapia, una iniciativa pionera de música y artes escénicas celebrada en Miraflores a comienzos de los años ochenta. Recuperar ese episodio permite recordar que, incluso dentro de un espacio asociado al encierro, existieron momentos de encuentro, expresión y apertura. Saltar la tapia significa atravesar los límites impuestos, acercarse a quienes permanecen al otro lado y cuestionar las fronteras que separan a las personas consideradas normales de aquellas que han sido etiquetadas como diferentes o locas.
Órgia invita a mirar estas heridas sin convertirlas en una reliquia del pasado, recordándonos que todavía cuesta hablar abiertamente de la vulnerabilidad y aceptar que el bienestar no depende exclusivamente de la voluntad individual, sino también de las condiciones sociales en las que vivimos. Además de aportar una mirada diferente sobre el estigma de la salud mental y la idea de locura tan arraigada hasta la actualidad a parámetros absurdos y anticuados.
La puesta en escena apuesta por la sencillez y por una combinación de lenguajes que evita que el discurso quede atrapado en la palabra. El trabajo corporal de las cinco intérpretes ocupa un lugar esencial: sus cuerpos no se limitan a acompañar los relatos, sino que se convierten en el espacio donde estos se manifiestan, chocan y encuentran una forma de expresión compartida. Hay una fisicidad que acerca la propuesta al terreno de lo performativo, que transforma la experiencia individual en una presencia colectiva y que permite entender el cuerpo como lugar de memoria, pero también como herramienta de resistencia. La energía del conjunto resulta fundamental para sostener una obra que no pretende recrearse únicamente en el dolor, sino encontrar en la unión una posibilidad de respuesta.
A esa dimensión física se suma la tecnología, integrada mediante el vídeo en tiempo real y el espacio sonoro. Lejos de convertirse en un adorno o en una barrera, estos recursos amplían las posibilidades de relación entre lo que ocurre en escena y quienes observan desde el patio de butacas. La iluminación y el sonido ayudan a articular los distintos tiempos de la narración, mientras que los dispositivos audiovisuales aportan otra capa de presencia y de intimidad. El resultado es una propuesta que mantiene una estructura accesible sin renunciar a la mezcla de lenguajes, y que busca implicar al público de manera directa, sin esconderse detrás de una puesta en escena recargada.
La estructura temporal es otro de sus elementos interesantes. El pasado, el presente que lo cuenta y el futuro que se construye a partir de ambos conviven en un mismo espacio, de manera que la memoria deja de ser un ejercicio retrospectivo para convertirse en una responsabilidad compartida. El verbatim, técnica documental que trabaja con testimonios reales, aporta a la palabra una dimensión particular: no escuchamos únicamente una historia escrita para ser representada, sino fragmentos de experiencias que existieron y que merecen ser atendidas. La autoficción y los relatos de las propias intérpretes acercan, a su vez, esas vivencias al espectador contemporáneo, haciendo que el sufrimiento dialogue con la autoexplotación, la ansiedad y la presión por responder continuamente a las expectativas sociales. Mención especial a Lucia Miranda por la asesoría en este ámbito.
La celebración colectiva que propone el título termina de dar sentido al recorrido. La vulnerabilidad deja de ser algo que deba ocultarse y se convierte en un lugar desde el que reconocerse en las demás. No se trata de afirmar que todas las experiencias son iguales, sino de comprender que la escucha y el acompañamiento pueden romper el aislamiento que tantas veces agrava el sufrimiento.
Órgia no necesita grandes artificios para sostener su reivindicación ya que su principal virtud reside en la claridad de una propuesta que enlaza memoria histórica y presente, y que entiende el teatro como un espacio donde devolver presencia a quienes fueron apartadas de la vida pública y de sus propias decisiones. La Rara construye así una pieza que es, al mismo tiempo, ejercicio de memoria y celebración de la posibilidad de encontrarse. Porque saltar la tapia no consiste solamente en escapar del encierro: también implica aprender a mirar al otro lado, escuchar lo que durante demasiado tiempo no quisimos oír y preguntarnos quién sigue teniendo hoy el poder de decidir qué significa estar dentro de la norma.
Ficha artística y técnica
Compañía: La Rara.
Reparto
Eloisa Cantón, Nerea Cordero, Eva Gallego, Rocío Hoces y Julia Moyano.
Texto, dramaturgia y dirección
Rocío Hoces y Julia Moyano.
Equipo artístico y técnico
Espacio sonoro: Eloisa Cantón.
Iluminación: Irene Cantero, en colaboración con Carmen Mori.
Movimiento: Natalia Jiménez Gallardo.
Vestuario: Gloria Trenado.
Acompañamiento artístico: Irene Cantero Sanz.
Asesoría en verbatim: Lucía Miranda.
Vídeo en tiempo real: Chica Fábrica.
Asesoría de vídeo: Álex Peña.
Producción ejecutiva y distribución: Elena Carrascal.
Producción
La Rara, en colaboración con la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales (Junta de
Andalucía, Consejería de Turismo, Cultura y Deporte) y el Teatro Lope de Vega de Sevilla
(ICAS, Ayuntamiento de Sevilla).
Asier Albertos
Teatro de La Abadía
16 octubre 2026

