No es algo caprichoso que «Aprendan del fuego», la obra que los chilenos Colectivo Pierre Menard han traído a la Sala TNT como parte del Festival Cenit que cada año se desarrolla en esta sala sevillana, comience con la actriz principal cantando Lili Marlene. La canción alemana, símbolo de la Gran Guerra, representa de un modo indiscutible la capacidad que puede tener el poder para la apropiación del arte como instrumento político, como máscara estética del horror. La canción suena en directo mientras, sobre el escenario, los cuatro integrantes del grupo se colocan en sus respectivas trincheras para dispararnos a nosotros, el público, cañonazos de memoria, balas preciosas que esconden una historia de agentes dobles, de pinturas y poemas, de escritores en busca de la verdad. De traición.
La capacidad del arte, en cualquiera de sus disciplinas, para mostrar la violencia de forma atractiva no puede, ni debe, ser nunca algo neutral. En el momento en que un régimen, un estado totalitario, o cualquier agente de poder se adueña de la poesía, instrumentaliza la pintura o usa cualquier otra manifestación artística para normalizar la violencia, para estetizar el miedo o para embellecer la brutalidad, lo que hay detrás no es sino la intención de seducir, la intención de que su propaganda cale a través de la belleza estética y sensorial del arte. La intención, al fin y al cabo, de buscar la aceptación de sus métodos y de su filosofía. Si además esto procede de alguien que se aprovecha de su figura de artista como púlpito desde donde propagar su maldad, o desde la infiltración en círculos naturalmente contrarios a su idiosincrasia, la traición es doble ya que salen dañados tanto colegas y comunidades artísticas que confiaban en el arte como lugar seguro donde residir y actuar como, también, la propia función pública del arte como motor social, como lugar crítico, como memoria histórica.
La estética del horror, la traición y la doble vida del artista son hechos, verdades, que nos obligan a plantearnos cómo acercarnos a la obra sin blanquear la violencia o la inmoralidad con la que fueron creadas, a tratar de ver el valor estético y artístico del producto tratando de aislarlo del autor. La eterna pregunta que los miembros del Colectivo Pierre Menard vuelven a poner sobre el tapete, que vuelven a lanzarnos para que volvamos a replanteárnosla y que, sí, contestan sin miedo al desacuerdo del que escucha no es otra que la ya clásica: ¿Podemos separar la obra del autor? ¿Podemos acercarnos a ella y tratar de disfrutarla desde la inocencia del que no conoce de dónde procede? ¿Disfrutar simplemente de su belleza y no pedirle un deber ético? Difícil respuesta, no hay duda de ello, difícil pero contestada finalmente. No hay cinismo sino realismo. Quizás es esa la mejor manera de verlo, de lo que no cabe duda es de que hay que afrontar la cuestión de frente y sin tapujos, sin miedo. Y aquí se hace.
Usando todo lo imaginable, Colectivo Pierre Menard saca a la luz la historia de Carlos Lehman, aquella que ya puso por escrito el también chileno Roberto Bolaño y, en un ejercicio metarrealista muy consecuente con el origen borgiano de su nombre, documenta el proceso de creación y vuelve a reescribir la historia de ese agente doble infiltrado en círculos artísticos de izquierda durante la dictadura de Pinochet. Hay proyecciones, miniaturas, música en directo, poesía, entrevistas, diapositivas, vídeos en VHS, pinturas, fotografía. Un despliegue de medios que gana enteros debido a las manos, a los ojos, al corazón y a los cuerpos de los que los materializan. El horror trasciende a la platea, el mensaje cala y empapa conciencias. El objetivo se cumple.
Una obra inmensa, apabullante, demoledora. Un trabajo que te llena el ojo y el estómago, que te aparta la mano de la boca para que el grito te salga de las entrañas sin obstáculo alguno.
Isaac Álvarez Félix
Teatro TNT, Sevilla
1 de noviembre de 2025
