«LEONORA» -Alberto Conejero- por Asier Albertos en el Teatro de La Abadía, Madrid

Hay vidas que parecen demasiado grandes para caber en una biografía. La de Leonora Carrington es una de ellas. Una mujer atravesada por el siglo XX, por sus violencias, sus transformaciones y sus contradicciones, que se negó una y otra vez a ocupar el lugar que otros habían decidido para ella.

Normalmente, las reseñas las suelo enfocar desde un punto de vista ligeramente alejado de mí para poder ser más aséptico, más concreto y no dejarme llevar tanto por mi propia opinión, si no teniendo una visión de público más general. Pero los textos de Alberto Conejero tienen el poder de desmontarme y esta reseña la enfocaré desde ahí.

Cada palabra de esta historia tan cruda y dolorosa son pequeñas incisiones bañadas en miel. Tiene el poder de emocionar y sentir como melosas, las imágenes más duras que te puedes imaginar. En Leonora, cada frase parece abrir una grieta distinta del público, tocar una parte diferente de cada quien que lo escucha.

Cuando quiero darme cuenta, ya estoy dentro de de ese pensamiento, de ese cuerpo, y cuando termina siento que apenas ha pasado un instante. O quizá es que una hora y algo pueden contener una vida entera cuando las palabras están tan vivas, no lo sé. Fue un encogimiento de corazón tal que al soltarlo levemente ya había finalizado la representación. 

En escena, Natalia Huarte lo ocupa todo. Y cuando digo todo es absolutamente todo. Huarte trabaja desde un lugar de enorme precisión, pero nunca percibo el mecanismo y eso es lo verdaderamente difícil. Hay técnica, pero no hay exhibición de técnica. Hay control, pero nunca sensación de control. Todo parece surgir en el instante. Hay algo tremendamente poderoso en verla sola frente a una caja negra y vacía y comprobar que no hace falta nada más. Ningún artificio, ninguna gran maquinaria escénica, ninguna acumulación de elementos técnicos podría hacer más de lo que hace ella con su presencia. Su cuerpo es el lugar donde sucede Leonora.

La vida de Leonora es cruda, una vida atravesada por pensamientos ajenos, por personas que hablan sobre ella, que deciden por ella, que intentan encerrarla en lugares y categorías que no le pertenecen, desde las que ni la entienden, ni la ven. Una historia dura a raudales dolorosa, a veces insoportable. Pero con un elemento clave: la esperanza. El descubrimiento de una misma y la lucidez de alguien tremendamente adelantada a su tiempo, que lucha por conocerse y por existir desde un lugar suyo.

Alberto Conejero se acerca a ella desde un lugar que me resulta especialmente poderoso: no intenta convertirla en una estatua, ni en una leyenda del surrealismo, ni en una sucesión de fechas y acontecimientos. Busca a la mujer que existe debajo de todo eso. A la mujer que tuvo que enfrentarse a un padre empeñado en internarla, que comenzó su formación artística desde una educación academicista antes de encontrarse con el surrealismo, que vivió una relación con Max Ernst, que tuvo que abandonar Francia ante la llegada del nazismo, que sufrió una violación grupal durante su estancia en Madrid, que contrajo matrimonio con Renato Leduc y que acabaría encontrando en México un lugar desde el que reconstruirse.

Leonora no necesita explicar ni subrayar y no se acoge a lemas a pesar de ser una historia política y biográfica. Cuanta más desnuda queda la escena más peso cogen sus palabras, y más brilla Natalia.

La iluminación de Leticia L. Karamazana y el trabajo sonoro y musical de Luis Miguel Cobo acompañan ese viaje sin robarle protagonismo a lo verdaderamente importante, ella. También hay algo especialmente valioso en la dimensión física de la propuesta, con la asesoría de movimiento de Luz Arcas, porque la historia no permanece encerrada en la cabeza del personaje. Pasa por sus músculos, sus tensiones, por su manera de respirar, su relación con el suelo y con el espacio.

Salgo de Leonora con la sensación de haber estado muy cerca de alguien. De haber escuchado una vida que no me pertenece y que, sin embargo, durante un instante también ha sido la mía. Reconociéndome y juzgando, escuchando y sosteniendo. Y con la imagen clavada de los ojos de Natalia mirándonos, con su fuerza escénica y su presencia. No recuerdo haber estado en un patio de butacas donde el peso del silencio fuese tan notable.
Y eso es obra de Leonora, Natalia y Alberto.

Gracias.

Ficha artística —
Texto y dirección: Alberto Conejero
Interpretación: Natalia Huarte
Producción ejecutiva: Kike Gómez
Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo
Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana
Asesoría de movimiento: Luz Arcas
Fotografía y vídeos: Susana Martín
Ayudantía de dirección: Laura Rozalén
Diseño de vestuario para fotografías: Yaiza Pinillos
Maquillaje y peluquería para fotografías: Irene López Pachón
Firma audiovisual «Leonora Carrington»: Albert Coma
Mirada externa del espacio escénico: Pablo Chávez
Producción: Teatro del Acantilado y Producciones Come y Calla
Con la colaboración de: Contemporánea Condeduque

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