En este estreno absoluto, Yerma pasa de ser una mujer atravesada por el deseo, la frustración y la imposibilidad de la maternidad a convertirse en una experiencia completamente colectiva. Eduardo Vasco construye una propuesta que mira a Lorca desde el presente sin despojarlo de su esencia, encontrando nuevos matices y maneras de abordarlo en una obra que, décadas después, continúa interpelándonos, por lo actual de sus temas.
Uno de los grandes aciertos de esta puesta en escena reside en el papel de las mujeres como una suerte de coro griego que sostiene, acompaña y, al mismo tiempo, condiciona el devenir de la protagonista. Un leitmotiv que atraviesa toda la representación y que nos acerca a esas redes sociales de otra época: mujeres que se observan a través de las mirillas, que comparten encuentros en el campo mientras llevan la comida a sus maridos y que construyen, entre la complicidad y el juicio, una comunidad que nunca deja de mirarse. Una red que protege, pero que también vigila, que acompaña y sentencia. Las interpretaciones dan cuerpo a ese universo colectivo que se convierte en uno de los grandes motores de la representación.
La maternidad aparece abordada desde una perspectiva que se permite comenzar desde la ilusión, la alegría y la motivación. Hay una energía inicial que se aleja de la lectura más oscura y preconcebida del personaje para acercarnos a una mujer llena de expectativas, deseos y vida. Sin embargo, ese impulso va transformándose progresivamente en sequedad, angustia y desesperación. La evolución es palpable: asistimos a cómo el deseo se convierte en condena y cómo una expectativa vital termina por devorar a quien la sostiene.
En este recorrido, los arreglos vocales y coordinación musical de Cristina Salvador y la composición sonora de Eduardo Vasco encuentran un lugar especialmente acertado. No funcionan como un mero acompañamiento, sino que dialogan con la trama, amplifican sus emociones y se integran de manera orgánica en el relato, aportando una dimensión sonora que enriquece aquello que sucede sobre el escenario.
El trabajo actoral del conjunto femenino es, sin duda, uno de los grandes pilares de la propuesta. Hay entre Yolanda Arestegui, María Isasi, Elena Rayos, Silvia de Pé y Lucía Bravo una escucha, una atención y un sostén mutuo maravillosos. La fuerza no reside únicamente en las individualidades, sino en lo que sucede cuando están juntas: en sus miradas, su presencia compartida y sus silencios. Resulta especialmente necesaria y estimulante la incorporación de intérpretes jóvenes como Lidia Guillem, Ana Veganzones, Cristina Salvador y Manuela San Leandro, que aportan frescura, energía y una nueva vitalidad al universo de la obra, sin romper el diálogo con las generaciones que conviven en escena. Es precisamente en esa unión donde aparece una de las lecturas más interesantes de esta Yerma: la fuerza de lo colectivo y la potencia de una comunidad de mujeres.
Lara Grube sostiene el centro de la representación con un trabajo interpretativo extraordinario. Su Yerma es frágil y fuerte al mismo tiempo; vulnerable sin perder nunca su potencia. Hay en ella una fuerza escénica difícil de explicar, un talento que sorprende, atraviesa y arrastra al espectador. Su interpretación transita por diferentes estados emocionales con una intensidad que va creciendo hasta convertirse en el motor de la tragedia. No necesita imponerse constantemente para llenar el escenario: su presencia tiene una capacidad de atracción que sostiene la mirada y hace que todo gravite a su alrededor.
En el apartado visual, el vestuario de Lorenzo Caprile acompaña con precisión el universo de la obra. Su diseño dialoga con la época y con la propuesta estética sin reclamar un protagonismo innecesario. La escenografía y el atrezo de Carolina González son otros de los grandes aciertos. Un espacio sugerente, versátil y lleno de posibilidades, que permite jugar y trasladarnos a diferentes lugares sin necesidad de mostrarlo todo. Deja espacio a la imaginación del espectador, propone sin imponer y entiende que el teatro también sucede en aquello que no se enseña. Una escenografía que acompaña el imaginario lorquiano sin masticarlo ni limitarlo. La iluminación de Miguel Ángel Camacho termina de dibujar ese universo y acompaña sus diferentes atmósferas sin restar protagonismo a lo esencial.
La labor de Laura Garmo en la ayudantía de dirección, junto con Amalia Elorza en la ayudantía de escenografía, Mónica Teijeiro en la ayudantía de vestuario, Ely Navas como asistente de vestuario y Carmela Méndez como asistente artística, forma parte de ese engranaje que permite que todos los elementos convivancon coherencia.
Y es ahí donde aparece el contraste más interesante: ¿cuánto ha cambiado realmente el mundo desde que Federico García Lorca escribió Yerma? Las formas de control han mutado, las estructuras sociales se han transformado y las mujeres han conquistado espacios que entonces parecían impensables. Sin embargo, siguen existiendo expectativas impuestas sobre sus cuerpos, sus decisiones, sus deseos y sus maneras de habitar el mundo. La maternidad continúa siendo, en demasiadas ocasiones, un territorio atravesado por la presión social. Y la mirada ajena sigue teniendo un peso que no siempre hemos conseguido sacudirnos.
Quizá por eso Yerma continúa siendo tan necesaria. Porque no habla únicamente de la imposibilidad de tener un hijo, sino de la imposibilidad de decidir libremente sobre la propia vida cuando el entorno ha escrito de antemano lo que se espera de una mujer. Una reflexión que pertenece a su tiempo, pero que encuentra en el nuestro nuevas formas de resonar.
El estreno de anoche en el Teatro Español terminó con un público entusiasmado, que se levantó al completo de sus butacas para reconocer el trabajo de todo el equipo. Una ovación que no solo celebraba una representación, sino también el trabajo de un elencazo como este.
Una Yerma que encuentra su fuerza en las mujeres que la rodean, en las que la miran, en las que la juzgan y, sobre todo, en las que la sostienen. Porque, en esta propuesta de Eduardo Vasco, la tragedia es individual, pero la fuerza es colectiva.
FICHA ARTÍSTICA Y TÉCNICA
Autor: Federico García Lorca.
Versión y dirección: Eduardo Vasco.
Reparto
Yerma: Lara Grube.
Juan: Francisco Ortiz.
Vieja Pagana: Yolanda Arestegui.
Dolores / La Conjuradora: María Isasi.
Víctor: Toni Agustí.
Muchacha 1 / Lavandera 2: Elena Rayos.
Mujer / Lavandera 4: Silvia de Pé.
María / Lavandera 1: Ana Veganzones.
Hermana mayor de Juan: Lucía Bravo.
Muchacha 2 / Lavandera 3: Manuela San Leandro.
Muchacha 3 / Piano: Cristina Salvador.
Hermana menor / Violín: Lidia Guillem.
Equipo artístico y técnico
Escenografía y atrezo: Carolina González.
Vestuario: Lorenzo Caprile.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Música y ambiente sonoro: Eduardo Vasco.
Caracterización: Moisés Echevarría.
Ayudante de dirección: Laura Garmo.
Ayudante de escenografía: Amalia Elorza.
Ayudante de vestuario: Mónica Teijeiro.
Asistente de vestuario: Ely Navas.
Asistente artístico: Carmela Méndez.
Residentes de ayudantía de dirección: Álvaro González de Arrieta y Benny Soave.
Producción: Teatro Español y Amor al Teatro.
Colaboración: Patronato Lorca.
Asier Albertos
Teatro Español, Madrid
5 Noviembre 2026

