Hay obras cuya complejidad no reside únicamente en lo que cuentan, sino en lo que exigen tanto a quienes las llevan a escena como a quienes las observan desde el patio de butacas. El público, de Federico García Lorca, pertenece a esa categoría de textos que desafían las normas teatrales, cuestionan los límites de la identidad y convierten el deseo en un territorio de conflicto entre lo íntimo, lo político y lo social. Abordar una obra tan compleja implica asumir un riesgo considerable: enfrentarse a un texto que no admite soluciones complacientes.
La propuesta de Alfonso Zurro se adentra en este universo a través de una composición de imágenes, símbolos y situaciones que busca mantener la naturaleza fragmentaria del original. Sin embargo, en algunos momentos, la ambición del planteamiento no termina de trasladarse a escena. La acumulación de estímulos visuales no siempre encuentra una correspondencia dramática y genera cierta confusión, como si se confiase demasiado en la fuerza de las imágenes sin desarrollar los demás elementos escénicos con la misma profundidad.
No se trata de reclamar una lectura única de Lorca ni de reducir sus palabras a una narración convencional. Precisamente, el valor de El público reside en su resistencia a una interpretación cerrada y lineal. Pero mantener ese misterio no significa que todo tenga que ser confuso, igual que romper con las formas tradicionales no quiere decir que no deba existir una lógica detrás de lo que vemos en escena. La fragmentación puede funcionar muy bien y aportar mucho al montaje, pero necesita conectar sus distintas partes y generar algo en el espectador, para que no se quede simplemente mirando lo que ocurre, sino que pueda entrar en la propuesta y encontrarle un sentido propio. En este aspecto, el montaje deja dudas sobre la cohesión de su lenguaje escénico.
Estas mismas exigencias se trasladan al trabajo interpretativo. Transitar por una escritura tan fragmentaria requiere precisión en el ritmo, las transiciones y, sobre todo, en la construcción de las relaciones entre personajes. El compromiso del elenco con un material de semejante complejidad es evidente, aunque en algunos momentos he echado en falta una mayor conexión entre los intérpretes y una intensidad más constante que permita sostener la tensión de la obra.
Aun así, hay aspectos que merece la pena destacar, como el trabajo físico del elenco y la importancia de la música, el ritmo y la composición visual en la creación del universo del espectáculo. Es necesario seguir llevando a escena obras como esta, que nos sacan de lo habitual y nos obligan a cuestionar nuestra forma de entender el teatro y la sociedad. Dentro de este trabajo, destaca especialmente Gonzalo Validiez, que, pese a asumir una sustitución, consigue hacerse con el escenario y conectar con el espectador. Su capacidad para diferenciar personajes resulta especialmente interesante. Cada uno de ellos tiene su propia personalidad y energía, y parece fácil sin serlo, ver cómo cambia de uno a otro sin que parezcan variaciones de un mismo personaje. Un trabajo que tiene aún más mérito dadas las circunstancias de su incorporación y que demuestra que una sustitución puede convertirse en uno de los puntos fuertes de la función.
El reto de una obra como El público no consiste únicamente en crear imágenes que parezcan sacadas de un universo surrealista, sino en conseguir que funcionen dentro de la escena y que tengan algo que aportar al conjunto. Porque Lorca no habla solo de teatro, sino también de los límites que nos imponemos, de cómo miramos a los demás y de todo aquello que la sociedad nos obliga a esconder. El desafío está en conseguir que estas ideas sigan teniendo sentido hoy y conecten de verdad con el espectador.
Enfrentarse a una obra así ya tiene mucho mérito, y sería injusto exigirle que todo se entienda fácilmente o que resulte cómoda para quien la ve. Pero que una obra sea difícil no significa que no podamos ser críticos con ella. Precisamente porque Lorca rompe con tantas convenciones, también es importante preguntarse si las decisiones del montaje están a la altura de lo que propone el texto. No basta con dejar preguntas abiertas: también hay que conseguir que esas preguntas nos remuevan, nos incomoden y nos hagan mirar las cosas de otra manera.
Al terminar la función, queda la sensación de estar ante una propuesta que se enfrenta a un texto con muchísimas posibilidades, pero que no siempre consigue aprovecharlas del todo. Una mayor conexión entre los distintos lenguajes escénicos, una construcción más precisa de la tensión y una relación más trabajada entre el cuerpo, la palabra y la imagen podrían haber dado más fuerza al conjunto y acercarnos de una manera más profunda a todo lo que Lorca plantea.
Porque Lorca sigue siendo necesario no solo por la belleza de sus textos o por las ideas que defendía, sino porque todavía tiene la capacidad de incomodarnos y hacernos cuestionar lo que damos por hecho. Y ese es, para mí, el verdadero reto de El público: conseguir que su misterio no se quede en la imagen, sino que llegue al espectador.
FICHA ARTÍSTICA:
Elenco:
Juan Motilla, Lorena Ávila, Luis Alberto Domínguez, Santi Rivera, Raquel de Sola, Íñigo Núñez, Piermario Salerno, Gonzalo Validiez, Silvia Beaterio
Equipo artístico y técnico:
Autor: Federico García Lorca
Adaptación, dirección de escena, Alfonso Zurro
Escenografía y vestuario: Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán
Iluminación: Florencio Ortiz
Composición musical original y espacio sonoro: Alejandro Cruz Benavides
Videoescena: Fernando Brea
Coreografía: Isabel Vázquez
Producción: Teatro Clásico de Sevilla
Asier Albertos
Teatro Fernán Gómez
9 octubre 2026

