Existen casas que no se terminan desplomando por el daño del paso del tiempo, sino por la acumulación en sus paredes de todo aquello que nunca se llegó a decir en ellas. Hogares que se terminan convirtiendo en el lugar del que huir ya que en ellos uno nunca puede deshacerse de aquello que fue ni tampoco, y quizás esto es más cruel pero también más cierto, de aquello que se esperaba que fuese. Volver a la casa de los padres puede volverse un viaje hacia aquello que fuimos y de lo que conseguimos escapar, en un adulto vestido de canesú, en un zambullirse de cabeza en el pozo de la culpa. Acudir a presenciar El día que nací yo, la última creación de la compañía sevillana La Zentralita, escrita y dirigida por María Marín y que se representa estos días en La Fundición Teatro, es internarse en ese territorio hostil donde la orfandad actúa como un espejo implacable de tu propia situación. La obra, planteada sobre la coincidencia de tres hermanas en el mismo punto (geográfico y para nada vital) tras la muerte de la madre, no busca impresionar con pirotecnia ni giros efectistas sino que prefiere instalarse en esa llanura cotidiana donde la vida pasa sin aspavientos, demostrando que el verdadero drama familiar se cocina a fuego lento, entre el cariño involuntario y el rencor acumulado.
En el centro de esta propuesta habita una brecha que es tanto física como emocional. La escenografía (de una Lola Montiel tocada por la gracia) levantada a partir de los restos de una memoria fragmentada, está cruzada por una grieta simbólica que desciende desde el techo hasta el propio patio de butacas. Es la falla tectónica que separa a tres hermanas marcadas por el duelo reciente. Como ocurre en el universo neurótico de Woody Allen en Hannah y sus hermanas, la rivalidad fraterna no necesita de gritos para ser devastadora, se alimenta de resentimientos silenciosos, comparaciones inevitables y la imposibilidad de escapar del rol que a cada una le ha tocado interpretar dentro de la familia. La madre recién ausente funciona aquí como la Hannah alleniana alrededor del cual giran todas, una figura idealizada que condiciona a quien se quedó cuidándola y frustra a quien huyó para intentar ser alguien lejos del hogar.
Esta arquitectura de familias imperfectas conecta también de lleno con el cine de Daniel Sánchez Arévalo (AzulOscuroCasiNegro, Primos). Hay en la dramaturgia de María Marín una capacidad similar para amortiguar el dolor mediante píldoras de un humor negro, cínico y eminentemente cotidiano. La culpa, la incapacidad de sobrellevar el duelo o la tiranía de la responsabilidad se entrelazan con momentos de una complicidad absurda y luminosa, demostrando que los lazos de sangre son un refugio tan asfixiante como necesario. La autora encierra a sus personajes en un zoo de cristal, un hogar familiar lleno de cachivaches y recuerdos que deja de ser un lugar habitable para convertirse en un mausoleo de la memoria, en una casa que amenaza convertirse de nuevo en una jaula donde los fantasmas del pasado impiden a los vivos avanzar.
El recurso del encierro forzado (esa pérdida de luz que remite al aislamiento y obliga a mirarse a los ojos a oscuras) funciona como el detonante de una terapia involuntaria. A través de unos diálogos donde brilla la naturalidad del guion y de pequeños soliloquios que rompen la cuarta pared, la función reflexiona sobre la impasibilidad de la vida moderna frente al duelo (ojo a esa genialidad de volver imposible incluso físicamente el borrar a los muertos de un grupo de mensajería) y también sobre la necesidad de saldar cuentas con quienes ya no están. En ese ecosistema de ruido y reproche, la figura intermedia, la más acallada y pragmática, emerge como el verdadero eje vertebrador del equilibrio emocional familiar, recordando que a menudo la verdadera fortaleza se viste de silencio.
El día que nací yo es un texto que prefiere la verdad desnuda a la sobreactuación. La obra se sostiene sobre la autenticidad de sus interpretaciones, donde destaca especialmente la contención de Olga Navalón, y sobre una propuesta visual y sonora exquisitamente calibrada. La Zentralita sabe mirar de frente a nuestras contradicciones más íntimas y vuelve a demostrar, con El día que nací yo, que es una de las compañías indispensables del panorama independiente sevillano, devolviéndonos un retrato donde, a pesar de las grietas que dividen el suelo que pisamos, la luz siempre encuentra la manera de colarse antes de que la escena se apague por completo.
No dejen de verla.
Vayan al teatro.
Zéntrense.
Intérpretes: Olga Navalón, Adela Castaño y Marta L. Caro
Dramaturgia y dirección: María Marín Álvarez
Ayudante de dirección: Santi Rivera
Dirección de arte, escenografía e iluminación: Lola Montiel
Espacio sonoro: Antonio Figueroa
Audiovisuales: Manuel Ollero “Piñata”
Compañía: La Zentralita
Isaac Álvarez Félix
Teatro La Fundición
29 Octubre 2026

