«ME CASÉ POR ALEGRÍA: el conflicto está servido y hay comida para todos» en el Teatro Español (Madrid) por Asier Albertos.

Una comedia mediterránea sobre el amor, la convivencia, la locura y esa maravillosa necesidad de hablar por hablar.
Algunos textos parecen a haber sido escritos para llevar al límite o poner a prueba. Aquellos que deciden llevarlos a escena. Me casé por alegría, de la escritora italiana Natalia Ginzburg, es uno de ellos. Una obra de una complejidad enorme, en la que la palabra es protagonista absoluta y donde los diálogos se suceden entre contradicciones, interrupciones, divagaciones y aparentes absurdos. Un texto complicadísimo que, en esta propuesta dirigida por Fran Weber, encuentra una ejecución extraordinariamente afinada. Lo admirable es que no se pierde el ritmo ni la comicidad en ningún momento, cada réplica, cada giro y cada conversación parecen encontrar su lugar exacto dentro de un mecanismo teatral que podría desmoronarse fácilmente si no existiera semejante precisión interpretativa. Sin embargo, todo fluye.
La historia parte de una premisa tan sencilla como disparatada: Giuliana, una joven impulsiva, caótica y llena de vida, acaba de casarse con Pietro, un hombre serio, acomodado y prácticamente desconocido para ella. Lo que podría parecer el comienzo de una historia romántica se convierte rápidamente en un encuentro de mundos, caracteres y maneras de entender la vida. A partir de ahí, Natalia Ginzburg construye una comedia sobre la convivencia, las convenciones sociales, las diferencias de clase, la incomunicación y esa dificultad tan humana de entendernos incluso cuando tenemos a alguien sentado justo delante.
La propuesta de Fran Weber encuentra un territorio especialmente fértil en su dimensión mediterránea. Hay algo en esta puesta en escena que resuena directamente dentro de nuestros recuerdos colectivos: la sobremesa familiar, las casas donde siempre hay alguien entrando y saliendo, los espacios compartidos, las conversaciones a voces que se alargan sin que nadie recuerde exactamente cómo empezaron ni hacia dónde se dirigen. Esa
verborrea tan nuestra que en realidad no necesita llegar a ninguna conclusión porque su verdadero propósito es mantenernos juntos. Se habla, se discute, se contradice, se insiste y se vuelve a empezar. Y, por supuesto, se come. Se habla de comida, de muchísima comida, porque si algo sabemos hacer los mediterráneos es convertir cualquier circunstancia en una excusa para sentarnos alrededor de una mesa.
La obra se aborda desde la locura, el debate, el sinsentido y una frescura que evita cualquier solemnidad. Aquí las conversaciones no tienen que conducir necesariamente a ninguna parte; pueden ser absurdas, contradictorias, incluso desesperantes, pero siempre vivas. Y es precisamente en esa aparente falta de dirección donde aparece buena parte de su comicidad. La dirección de Fran Weber entiende que el humor no está únicamente en lo que se dice, sino también en cómo se dice, en los tiempos, en las reacciones y en la capacidad de los intérpretes para sostener y escuchar una conversación que parece no
terminar nunca. La escenografía de Isi Ponce acompaña ese universo doméstico y compartido, mientras que el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas y la iluminación de Rodrigo Ortega contribuyen a construir una atmósfera cálida, reconocible y cercana.
En el centro de este universo está Giuliana, interpretada por Lucía Quintana, auténtico motor de la función. Su personaje es una fuerza de la naturaleza: impulsiva, imprevisible, desordenada, contradictoria y, sobre todo, vital. Giuliana parece moverse por un impulso y una inseguridad que no necesitan demasiadas explicaciones ni justificaciones. Se lanza a la vida antes de saber muy bien qué está haciendo y obliga a quienes la rodean a enfrentarse
a una forma de existir que no siempre encaja con las convenciones. Lucía Quintana construye un personaje lleno de matices, con una energía que sostiene el conjunto y una capacidad extraordinaria para transitar entre la comicidad, la ingenuidad y la ternura. Su Giuliana no necesita tener razón; necesita vivir, experimentar y, quizá, equivocarse. Y en esa libertad reside buena parte del encanto de la función.
A su lado, José Luis Patiño construye un Pietro magnífico, desde una contención que funciona como contrapunto perfecto al torbellino de Giuliana. Su seriedad, sus desconciertos y su particular manera de enfrentarse a un matrimonio que parece haberle cambiado todos los planes generan una comicidad deliciosa. Patiño sabe encontrar el humor en la incomodidad, en sus brazos a medio doblar y en la distancia entre lo que su personaje piensa, lo que dice y lo que realmente consigue expresar.
Especial mención merece Puchi Lagarde en el papel de la Madre. Su presencia muestra una dimensión familiar reconocible, casi arquetípica, de esas figuras que parecen tener siempre algo que opinar, una historia que contar o una conversación que prolongar. Lagarde maneja con enorme personalidad ese universo de relaciones y códigos familiares, enriqueciendo el ritmo de las escenas y contribuyendo a ese retrato colectivo tan cercano. Unida a su inseparable hija optimista, interpretada por Sáhara Peña, como Ginestra. Su interpretación contribuye a mantener viva esa conversación colectiva en la que cada
personaje parece defender su propio pequeño universo, aunque ninguno termine de ponerse de acuerdo con los demás, y en el que ella aporta la reacción constante y la picardía cuando consigues ver lo que hace cuando nadie la mira.
Y qué decir de Vittoria. Paula Muz ejecuta el personaje con una frescura y personalidad maravillosas, dotándolo de una presencia escénica que enriquecen enormemente el engranaje de la función. Su trabajo tiene una gran capacidad para encontrar el punto exacto entre el absurdo y la naturalidad. Muz entiende muy bien el lenguaje de la obra y consigue que Vittoria tenga vida propia, sin convertirse nunca en un mero instrumento al servicio de la comicidad de los demás. Hay inteligencia, precisión y una estupenda libertad interpretativa en su trabajo, se ve que disfruta de lo que hace y que ha construido junto a su director uno de los personajes que más cambian a lo largo de la trama, como si la situación y el resto de personas a su alrededor la impulsasen a crecer, cambiar y por supuesto, vivir.
También merece reconocimiento el trabajo de Juan Diego Vela en la composición musical y el espacio sonoro, que acompaña la propuesta sin imponerse sobre la palabra, y el de Moisés Echevarría en la caracterización. La ayudantía de dirección de Giulia De Crescenzo, junto al trabajo de Pere Vallribera y la mirada artística de Toni Gelabert, forman parte de ese engranaje que permite que una maquinaria textual tan exigente funcione con semejante
ligereza.
Y entonces aparece la pregunta que atraviesa toda la función y que, quizá, deberíamos hacernos mucho más a menudo: ¿qué sentido tiene casarse si no es por alegría? ¿En qué momento hemos convertido el amor en una sucesión de expectativas, obligaciones,
acuerdos y certezas?
¿Por qué necesitamos encontrar siempre una explicación razonable para aquello que, en ocasiones, simplemente sucede? Ginzburg parece recordarnos que quizá no haya que tenerlo todo claro para empezar una vida con alguien. Que el amor también puede ser una decisión absurda, una aventura inesperada, un salto al vacío o una manera de celebrar que estamos vivos. Y que, puestos a compartir la existencia con otra persona, qué menos que hacerlo desde la alegría, y si no siempre les quedara divorciarse en el extranjero, por a fin de cuentas nada es tan importante ni decisivo en la vida, aunque muchas veces lo creamos así.
Me casé por alegría es, en definitiva, una celebración de lo cotidiano, de nuestras contradicciones. Una comedia que demuestra que no hace falta que suceda nada extraordinario para que suceda todo, solo necesitamos una casa, unas cuantas personas, mucha comida, conversaciones interminables y las ganas de seguir compartiendo mesa. Porque quizá la felicidad no consista en entendernos siempre, sino en encontrar a alguien con quien merezca la pena seguir discutiendo después de comer.
Una propuesta fresca, inteligente y de una enorme exigencia interpretativa que encuentra en el humor su mejor herramienta para hablar de algo tan complejo como aprender a vivir juntos. Y, sobre todo, una invitación a recuperar el placer de estar, de hablar, de reír y de celebrar. Que si vamos a casarnos, que sea por alegría.

 

Ficha artística y técnica
Me casé por alegría, de Natalia Ginzburg.
● Autora: Natalia Ginzburg.
● Dirección: Fran Weber.
● Traducción: Andrés Barba.
● Producción: Teatro Español.
Reparto
● Giuliana: Lucía Quintana.
● Pietro: José Luis Patiño.
● Madre: Puchi Lagarde.
● Vittoria: Paula Muz.
● Ginestra: Sáhara Peña.
Equipo artístico
● Escenografía: Isi Ponce.
● Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas.
● Iluminación: Rodrigo Ortega.
● Composición musical y espacio sonoro: Juan Diego Vela.
● Caracterización: Moisés Echevarría.
● Ayudantía de dirección: Giulia De Crescenzo.
● Residente de ayudantía de dirección: Pere Vallribera.
● Asistente artístico: Toni Gelabert.

 

Asier Albertos
Teatro Español 
6 Noviembre 2026

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