Hay piezas que no necesitan alzar la voz ni forzar un ápice de histrionismo para dejar una huella en el espectador. Que encuentran en la delicadeza una forma de resistencia convirtiendo la intimidad de los personajes en un territorio donde hablar de lo que nos acompaña y nos duele toda nuestra vida. Duermen bajo las aguas, de la compañía La Petite Mort y dirigida por Sara Mérida, pertenece a esa categoría de propuestas frescas que invitan a detenerse, mirar hacia dentro y reconciliarse, aunque sea por un momento, con todo aquello que somos y todavía no hemos conseguido comprender del todo.
Con una sensibilidad que atraviesa cada rincón de la pieza, la obra se adentra en el duelo eterno de la búsqueda y la pérdida, en ese ejercicio de intentar encontrarse a una misma que nos acompaña desde la infancia. Porque crecer no significa necesariamente dejar atrás lo que hemos sido y romper con nosotros mismos, para reforzar la idea de ser una persona diferente, ni convertirse en adulto implica renunciar a ese corazón infantil que todavía se asoma, a veces con ternura y otras con dolor y duelo, entre las grietas de nuestra identidad a ver en qué nos estamos convirtiendo.
Las actrices (Ainara Orgaz y Rebeca Hernando) sostienen este universo con una brillantez cargada de fuerza y matices. Sus interpretaciones encuentran en los pequeños gestos y los silencios, una profundidad que huye de lo evidente. Hay una verdad en su trabajo, una capacidad para habitar las contradicciones sin necesidad de explicarlas, que permite que el espectador encuentre sus propios recuerdos en aquello que sucede sobre el escenario y los superponga. Esta obra no es contar una historia ni una biografía aunque lo parezca, es una oportunidad para que cada uno encuentre cosas de la suya propia reflejadas en la escena.
Asimismo eche en falta algo más de espacio, dada la cantidad de información que un texto tan rico como este nos presenta, para poder procesar, escuchar y entender cada una de las partes y de los personajes que se plantean. Ya que 45 minutos de pieza, dan para condensar mucho una vida, pero me hubiese gustado algo más de tiempo como espectador para acabar de entenderla, algo que solo puedo hacer en silencio o con perspectiva.
La dirección de Sara Mérida acompaña esa sensibilidad con una mirada que parece invitarnos a regresar a los lugares conocidos para descubrir que ya no somos los mismos que los habitaron por primera vez. Como quitar el polvo a los objetos importantes de nuestra vida, traer de nuevo aquello que creíamos olvidado y contemplarlo desde una perspectiva nueva, más consciente y más adulta, aunque quizá también más vulnerable y cansada, recordándonos que nada permanece exactamente igual cuando volvemos a mirarlo.
La vida aparece con sus ausencias, sus preguntas sin respuesta y sus heridas persistentes, pero también con la posibilidad de encontrar belleza en aquello que no hemos sabido resolver. Su delicadeza no pretende disimular el dolor, sino acompañarlo. Nos muestra que la fragilidad no está reñida con la fortaleza.
Resulta igualmente necesario celebrar el trabajo de un equipo joven que apuesta por una creación propia y comprometida con su manera de entender el teatro. Las nuevas propuestas de la escena del Teatro Español son imprescindibles para mantener vivo un tejido cultural que abre caminos a otras voces y permite que nuevos creadores lleven sus imaginarios al escenario. Dar espacio a estas miradas no es solamente una oportunidad para quienes comienzan a construir su trayectoria: es también una forma de ampliar las posibilidades del teatro, de renovar sus lenguajes y de recordar que todavía quedan muchas historias por contar, muchas formas de contarlas y muchas miradas esperando ser escuchadas.
En una escena que necesita cuidar y acompañar a sus nuevas generaciones, trabajos como este reivindican el valor de la búsqueda artística, de la intuición y de una sensibilidad que no teme detenerse en aquello que parece pequeño. Porque, a veces, es precisamente en lo pequeño donde se esconde lo verdaderamente inmenso.
Duermen bajo las aguas narra una vida dura y compleja desde un recuerdo lejano y enfocado al futuro, con ideas claras, escenografía cuidadosamente ambivalente y sin grandes artificios que no sumarían nada más de lo que las bestias escénicas que tiene por actrices muestran y transmiten durante toda la pieza. Además de un diseño de luces de Samuel Mérida que sin hacerse notar, sin opacar, sostiene de la mano la escena, sus atmósferas y a sus intérpretes.
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Ficha artística y técnica
Autoría: Carmen Kurtz.
Adaptación y dirección: Sara Mérida.
Reparto: Rebeca Hernando — Pilar y Ainara Orgaz — Pilar.
Escenografía: Anna Domingo Enrich.
Iluminación: Samuel Mérida.
Vestuario: Alba Roselló.
Espacio sonoro: Violeta Marazuela.
Ayudantía de dirección: Abel Ferris.
Producción: La Petite Mort.
Crédito de imagen: Archivo Familia Kurtz.
