Asistir a una función de Haced con mi piel un tambor (Cía. La Periférica) supone el privilegio de descubrir el teatro solo a medio metro de donde está sucediendo. Ni siquiera hace falta alargar la mano: en el no tiempo y el no lugar que construye todo escenario, el dramaturgo y director Raúl Cortés —maestro y amigo— demuestra que caben todos los tiempos y todos los lugares. Y los actores Cristina Mateos y Arturo Parrilla defienden que también caben todos los personajes. Con una única condición: estar atravesados por lo que Raúl denomina «un momento puro», el del ser humano frente a una decisión que marcará su vida.
Haced con mi piel un tambor mezcla lo documental y lo narrativo, tan en boga en el teatro contemporáneo, con lo que Peter Szondi calificaba como constitutivo del drama, esto es, su condición interpersonal. El objetivo es claro: mostrar un fresco doloroso de cómo los actores, los cómicos, los titiriteros y los bufones —acaso la misma cosa— son capaces de enarbolar la llamita de la esperanza frente a un mundo que, devorándolos, se devora. En efecto, la destrucción de quienes cuentan las historias supone la destrucción de la Historia misma. Raúl, que ha leído a Walter Benjamin, sabe que silenciar la voz de los que no tienen nombre implica afirmar el relato de los victimarios. Para convocar las voces de quienes nutren y conjurar la barbarie de quienes arrasan, Cristina Mateos y Arturo Parrilla viajan de Argentina a Palestina, de Lebrija a Sarajevo y, en todos esos lugares, rescatan dignidad, oficio y memoria. Del teatro. Del mundo.
Decía al comienzo que asistir a una función de Haced con mi piel un tambor supone el privilegio de descubrir el teatro solo a medio metro de donde está sucediendo. Estas son las razones: la precisión del texto, la calidad de unos actores obligados a transitar registros polifónicos, la construcción del espacio desde el propio texto y desde la interpretación, la capacidad para que las transiciones entre narración y diálogo sean de una decantación natural, el uso del público para acentuar determinadas partes de la diégesis, la combinación de humor y emoción para potenciar el relato, la inclusión de lo documental en el presente de la escena, el uso de capas de iluminación (focos, velas, linternas) y de sonido (música, una campanilla, amplificación de sonidos escénicos) nunca como acumulación incoherente sino como consecuencia necesaria de lo que se cuenta. Y, por supuesto, la sensibilidad de quienes son conscientes de qué crean y desde dónde —espacial y emocionalmente— lo hacen.
Esta obra se estrenó en el Teatro Oriente de Morón de la Frontera, la casa de La Periférica. Bien está para quienes apuestan por la periferia como forma de ser y estar. Ahora bien, que a partir de ahora esta obra no se programe, como mínimo, en los teatros públicos —los grandes y los chicos— de Andalucía supondría un sinsentido artístico, un desprecio a la creación andaluza y, si me apuran, una prevaricación cultural (y no solo). Y desde Andalucía, a los hombres y mujeres del mundo, que es a quienes pertenecen las historias que cuentan y ponen en escena Raúl Cortés y su Periférica.
Pablo Macías
Teatro Oriente, Morón de la Frontera
25 abril 2026
