“Lorca’s Indómitas”: un vendaval escénico como resistencia: tres actrices para un Lorca contemporáneo donde tres actrices sostienen el universo lorquiano.
La representación de “Lorca’s Indómitas”, dirigida por Juana Casado y Ricardo Iniesta y presentada ayer en Palma del Río (Córdoba), confirma la capacidad de Atalaya para convertir el escenario en un espacio de resistencia poética, política y física. En apenas una hora escasa de representación, el espectáculo concentra una enorme cantidad de imágenes, referencias y capas de lectura que dialogan con el universo de Federico García Lorca desde una mirada profundamente contemporánea.
Pero si hay un elemento que sostiene con absoluta contundencia la propuesta son sus tres intérpretes: Lidia Mauduit, Bea Ortega y Paula Rubio. Su trabajo resulta descomunal. Durante toda la función apenas conceden un instante de descanso: cantan, bailan, construyen imágenes de gran potencia plástica, transitan personajes muy diversos y de energías contrapuestas, sostienen un exigentísimo trabajo físico y vocal y mantienen una intensidad que nunca decae.
Las tres despliegan un dominio extraordinario del cuerpo, convirtiéndolo en un instrumento expresivo de enorme precisión. Cada gesto, cada impulso y cada transformación nace desde un control técnico admirable, pero sin perder nunca la sensación de riesgo y verdad. A ello se suma un trabajo vocal lleno de matices, capaz de alternar la delicadeza con el grito. La musicalidad se fusiona con la palabra poética y la violencia con la emoción contenida. El resultado es un estilo interpretativo salvaje en el mejor sentido del término: libre, poderoso y profundamente comprometido.
Resulta especialmente admirable la capacidad coral que alcanzan siendo únicamente tres actrices. La escena aparece permanentemente habitada; la energía colectiva multiplica su presencia hasta hacer olvidar el reducido número de intérpretes. Los coros poseen una fuerza casi ritual, envolviendo al espectador y generando algunos de los momentos más sobrecogedores del montaje. Esa construcción coral es, sin duda, uno de los mayores logros del espectáculo.
Visualmente, Atalaya vuelve a recurrir a uno de sus sellos escénicos más reconocibles: la escenografía como elemento multidisciplinar y que elabora el juego escénico que acompaña y sostiene la trama. Lejos de ser un simple elemento de utilería, se convierten en arquitectura dramática y espacio simbólico. Las composiciones que generan poseen una gran fuerza plástica y permiten una continua transformación del espacio, aportando dinamismo y múltiples niveles de significado. Es un recurso plenamente integrado en la identidad estética de la compañía y vuelve a demostrar su enorme eficacia, a pesar de que a veces bajo nuestro punto de vista podría simplificarse, ya que la potencia escénica de las actrices, el texto y la música es más que suficiente y llega directo al espectador.
El montaje transita con inteligencia entre el teatro rural de Lorca y las resonancias de su teatro imposible. Todo se construye e integra dentro de un discurso que mira hacia el presente. La memoria histórica española, la memoria LGTBIQ+, la represión de los cuerpos y el feminismo contemporáneo dialogan continuamente hasta construir un mensaje propio, contundente y necesario. No se trata únicamente de homenajear a Lorca, sino de hacerlo hablar desde las urgencias políticas y sociales del siglo XXI, a través de algo tan importante para él y para su manera de comunicarse desde sí mismo a través de los personajes femeninos.
Destacan en el montaje las cunas, convertidas en un símbolo de enorme riqueza escénica. Funcionan como espacio de origen, de violencia y encarcelamiento, de maternidad, de memoria y de muerte. Frente a esta potencia simbólica, algunos otros elementos de utilería resultan menos relevantes y no alcanzan el mismo nivel de integración dramatúrgica, como las flores, quedando como apoyo prescindibles dentro de una propuesta potente y visualmente muy rica.
El vestuario constituye otro de los grandes aciertos de la propuesta. Los trajes de chaqueta, históricamente asociados a la autoridad y al poder masculino, son apropiados y resignificados por las tres intérpretes hasta desactivar su carga hegemónica. No se trata de una simple inversión de códigos, sino de una transformación escénica que convierte esa prenda en un territorio político y atemporal.
“Lorca’s Indómitas” es un montaje intenso, condensado y de enorme riqueza, donde cada minuto está cargado de imágenes, referencias y emoción. Pero, por encima de cualquier otro aspecto, queda el recuerdo imborrable de tres actrices que convierten el escenario en un territorio de absoluta entrega. Lidia Mauduit, Bea Ortega y Paula Rubio sostienen el espectáculo con una potencia física, vocal y emocional extraordinaria, demostrando que el teatro sigue siendo, cuando s entrega con esta verdad, un acto de resistencia capaz de sacudir y conmover al público.
