El actor polaco Emil Hasda, allá por el comienzo del siglo XX, tras una representación que había sido un éxito y aún sobre el escenario, sacó una pistola y se descerrajó un tiro frente al público que aún permanecía en la platea aplaudiendo su actuación. Quizá la presión, tal vez la angustia y, seguramente, un mal de amores fueron quienes apretaron el gatillo pero lo que aquel acto quedó patente es algo de lo que no se suele hablar: la vida del creador, del artista, es un campo plagado de minas vitales difícil de sortear y completar y lo normal es salir uno por los aires al pisar en el lugar equivocado durante el recorrido. Y es que el teatro, entre otras artes, no deja de ser un deporte de riesgo cuando es honesto: hay que mantener en todo momento el equilibrio sobre el alambre de la verdad y es muy fácil caer al vacío de la ansiedad tras dar un paso en falso. Pero eso es algo que como espectadores preferimos no saber, casi siempre lo obviamos y tan solo nos sentamos en la butaca con la esperanza de que el que está sobre el escenario nos haga soñar por un rato sin pensar en el costo que le habrá supuesto el conseguir llegar y estar ahí.
Esta última situación pudiera ser lo que le ha ocurrido al público que durante este fin de semana se acercó a la Sala Cero de Sevilla para ver lo nuevo de Álvaro Prados y Antonio L. Pedraza, “Todas somos Baby Jane”. La obra, enmarcada en el FOC, prometía dar al mitómano cinéfilo una tarde de evasión y risas a través de la comedia negra, algo ligero basado en el mito gótico de las hermanas Hudson, pero todo eso no resultó ser más que una emboscada, un cebo perfecto imposible de no morder. El espectador entra en la sala con la esperanza de volar y acaba saliendo de ella hundido. Te has tragado el caballo de Troya y de dentro han salido los griegos a clavarte sus espadas en el corazón, se derrumban las murallas, la ciudad ha caído y lo que queda al descubierto no es más que los silencios, las miserias y la salud mental del creador contemporáneo.
La obra comienza dándote todo lo que promete, te engatusa con su estética cinematográfica, con su estupendo comienzo lleno de guiños a la película original y sus formas. Te da ese juguete grotesco y travestido basado en el declive de las divas que ibas buscando, tiene sus bailes y sus ratas, su carta al padre, tiene todo lo que esperas y más y entonces todo explota. Es cuando los actores se desnudan de sus personajes y el metateatro deja de ser un recurso estilístico para convertirse en una autopsia en vivo frente al público que la obra muestra su verdadera naturaleza. Los restos del naufragio lanzado al patio de butacas, el hombro del espectador lleno de lágrimas y de rabia. Ahí es donde realmente empieza todo, en esa bofetada que no viste venir.
A través de una estructura fragmentada que funciona como los estertores de una mente agotada, Pedraza y Prados huyen de la Crawford y de la Davis para habitar sus propias heridas, desplegando sobre las tablas para ello, entre otras cosas, un análisis descarnado sobre la tiranía de la disciplina, la losa de la creación constante y la necesidad de producir, el cansancio crónico y la obligación casi obscena de mantener una fachada de éxito cuando por dentro solo hay parálisis y agendas vacías. Se da una confesión terriblemente cruda por parte de los artistas que surge tras mirarse en el espejo y verse pequeños, disminuidos, devorados por una profesión que no es sino una máquina de triturar personas.
En este viaje no se salva nadie, no hay redención posible. El humor cínico del inicio ha sido sustituido por un pesimismo sin fisuras que deja mudos al público y sobre todo a los actores, los cuales ya abandonarán la palabra de forma voluntaria, como aquel que ya ha dicho todo y sabe que no ha servido para nada, dejando que todo acabe con una sutil pero violenta iconografía que termine de arrasar con todo.
Una obra honesta y hermosa pero a la vez pesimista y demoledora, “Todas somos Baby Jane” no deja de ser un grito de auxilio en busca de receptor, un mensaje pidiendo ayuda lanzado al mar con la esperanza de que alguien, si alguna vez logra leerlo, pueda llegar a saber el precio que se paga por vivir por y para el arte. Necesaria y sincera, oscura y deprimente. Un disparo certero al corazón de la inocencia.
No dejen de verla.
Vayan al teatro.
Zéntrense
